¡Qué raros son estos ingleses! Tienen una hora menos, conducen por la izquierda y, cuando les pillan robando, ¡piden perdón! En España, cuando a un político le pillan trincando lo que hace es insultar a Garzón.
(Gran Wyoming, en El Intermedio)
¡Qué raros son estos ingleses! Tienen una hora menos, conducen por la izquierda y, cuando les pillan robando, ¡piden perdón! En España, cuando a un político le pillan trincando lo que hace es insultar a Garzón.
(Gran Wyoming, en El Intermedio)
Estos días, como sabréis, el Papa anda por Jerusalén haciendo amigos.

Esta vez ha extendido su mano evangelizadora para mostrar las maldades de Internet. Y como sus asesores le han dicho que, para convencer al pueblo israelí de que se mantenga alejado de las garras de la maligna red, se abstenga de comentar que está llena de porno, al final ha dicho esto:
El uso ilimitado de portales a través de los que las personas tienen fácil acceso a indiscriminadas fuentes de informaciones puede llegar a ser un instrumento de creciente fragmentación. El conocimiento viene destruido y la compleja habilidad de crítica y discernimiento de las tradiciones académicas y éticas son a veces soslayadas y descuidadas.
¡Cuánta razón tiene el Papa! ¡Internet es el demonio! ¿Dónde quedaron los viejos valores? ¿Dónde quedó ese conocimiento revelado y puro escrito en la Biblia, y esa compleja habilidad crítica de «lo que dicen mis cojones va a misa, y punto, que para eso soy el Papa»? Si es que hoy en día cualquier mindundi se mete en Google y te saca un montón de información de diversas fuentes para comparar y contrastar ¡y se cree con derecho a razonar por sí mismo e incluso a opinar! ¡Qué vergüenza! La familia se rompe, la cultura se rompe… ¿A dónde vamos a ir a parar?
Fijaos, fijaos si es malo Internet. Mirad lo que se puede hacer aquí:
El uso ilimitado de portales a través de los que las personas tienen fácil acceso a indiscriminadas fuentes de informaciones puede llegar a ser un instrumento de creciente fragmentación. El conocimiento viene destruido y la compleja habilidad de crítica y discernimiento de las tradiciones académicas y éticas son a veces soslayadas y descuidadas.
¡Ahí lo tenéis! Y con total impunidad, oiga.

Según Tomás y Garrido, la homosexualidad es una especie de paranoia anticoñeica manifestada en forma de Síndrome Marismeño. Pero esto, dice, puede arreglarse. Basta con atiborrar de coños al paciente para que acabe cediendo a lo natural, al sagrado coito del misionero, y tenga hijos, y busque un trabajo serio y se reconcilie con Dios, el Gran Heterazo Omnisciente.
(Jose A. Pérez, genial como siempre en Mi Mesa Cojea)
La publicidad es la cultura de la sociedad de consumo. Divulga mediante las imágenes lo que la sociedad cree de sí misma.
(John Berger, crítico de arte, pintor y escritor, en su ensayo Modos de ver, 1972)
A propósito de los comentarios en A vueltas con las malditas tradiciones.
Johannes Brahms fue un pianista y compositor alemán del periodo romántico. Fue uno de los defensores más representativos de la «música pura» (música estrictamente formal, sin referencias extramusicales), frente a la música programática (música con un hilo argumental, defendida entre otros por Richard Wagner). En este sentido se lo considera sucesor de Ludwig van Beethoven, quien influyó notablemente en su obra (si bien a Beethoven se lo considera también el padre de la música programática, debido a la introducción de coros en su Sinfonía No.9… pero es que toda la música posterior a Ludwig, le debe algo).
Tanta fue la influencia del Maestro, que la Sinfonía No.1 de Brahms fue apodada por muchos como décima Sinfonía de Beethoven: Brahms tardó hasta 10 años en componerla y no la publicó hasta 1876, cuando tenía ya 43 años, pues consideraba que era imposible escribir sinfonías ante el legado que había dejado Beethoven: nada podía estar a la altura. Se dice incluso que Brahms había escrito ya otra sinfonía, anterior a la primera, que nunca llegó a publicarse debido a la gran exigencia del autor. Brahms era un perfeccionista y rompía a menudo composiciones que nunca llegaron a ver la luz (abortos así, sí que habría que prohibirlos).
Este perfeccionismo y este formalismo son patentes cuando se analiza una partitura de Brahms. Cada motivo musical tiene una explicación racional, cada armonía, cada desarrollo, es analizable y responde a una decisión «inteligente», creativa, de un problema musical dado. El cuarto movimiento de la Sinfonía No.4, por ejemplo, es un Passacaglia basado exclusivamente en un tema musical que se repite de 32 maneras diferentes, sin que el oyente llegue a percatarse o aburrirse: toda una proeza de recursos y creatividad.
La Sinfonía No.3 (1883) supone un alejamiento del autor respecto a la influencia de Beethoven. Este tercer movimiento Poco Allegretto, ha sido utilizado en varios largometrages y canciones de «música ligera». A propósito del «formalismo» de Brahms, os invito a que analicéis la melodía principal. Tres notas ascendentes, seguidas de otras tres descendentes que mantienen el mismo ritmo pero lo precipitan y acortan de forma abrupta, como en un gemido… toda la melodía está construida sobre este esquema: tres notas sobre las que se levanta un movimiento sinfónico entero. La interpretación de hoy corresponde a Semyon Bychkov al frente de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia.
Más tomate. Brahms debió su fama en vida a su «descubridor», Rober Schumann, de quien ya hablamos la semana pasada. Ambos mantuvieron una buena amistad, pero Brahms se sentía especialmente ligado a la esposa de Robert, Clara Wieck Schumann. Era él quien la apoyaba principalmente durante las crisis nerviosas que sufría Robert, sobre todo al final de su vida. Como tenía que pasar, Brahms se enamoró de Clara Wieck, aunque sólo fuera de forma platónica: siempre le enseñaba sus obras a ella y muchas fueron estrenadas por la genial pianista. Quizás fue este el motivo por el que terminaron por distanciarse.