Esta tía no sé si será clériga, de lo que no cabe duda es que es una gran humorista.
El ayuno y Jesús nos han abierto muchas puertas como, por ejemplo, ahora; la puerta maravillosa de Madrid. El otro día yo pensaba en la crisis y en dónde estaría todo el dinero del mundo, y Dios ha puesto ese dinero en la mano del Real Madrid para contratar a Kaká y para nosotros fue una bendición.
La esposa de Kaká, Caroline Celico, a quien corresponden estas palabras, es predicadora evangelista. Sin duda se habrá inspirado en el famoso pasaje del Evangelio de Mateo, en el que Jesús proclama:
Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.
Hace 40 años el hombre pisó por primera vez la Luna, pero el viaje llevaba muchos años fraguándose en su imaginación. Quizás ello explica, en parte, el empeño que pusieron los países en la carrera espacial o la fascinación que sintieron los millones de espectadores que asistieron, a través de sus pantallas, a la hazaña del Apolo 11.
Una de las primeras películas de la historia del cine ya escenifica este viaje espacial, (por aquel entonces, solo imaginario): se trata de Viaje a la Luna, pionera del género de la ciencia ficción y rodada por George Mélies en 1902. Esta fecha es un dato bastante impresionante, teniendo en cuenta que el invento de los hermanos Lumiére data de 1894.
La película está basada a su vez en dos obras literarias anteriores: The First Men in the Moon de Herbert George Wells y una novela de Julio Verne que a muchos os sonará; De la Tierra a la Luna. En ella se intentan describir, por primera vez, los problemas científicos que entrañaría enviar un objeto a la Luna, todo ello en una fecha tan temprana como 1865.
Cabe pensar, entonces, que quizás Einstein tenía razón al afirmar que la imaginación es más importante que el conocimiento, y es que a veces constituye la motivación y el imprescindible primer paso hacia cualquier logro.
Aprovechando que mañana se cumple el 40 aniversario de la llegada del hombre a la Luna, os presento esta bellísima aria de Antonín Dvořák, perteneciente a su ópera Rusalka.
Dvořák fue uno de los músicos más representativos del nacionalismo checo, junto con Smetana, de quien hablamos en su día, y Janáček. Probablemente Dvořák sea el más conocido. De hecho, casi todos habréis escuchado alguna vez fragmentos de la célebre Sinfonía del Nuevo Mundo, o las Danzas eslavas, por ejemplo.
Su ópera Rusalka, la novena que escribió, no es menos conocida. Fue estrenada en Praga en 1901 y tuvo un gran éxito entre el público checo (no tanto entre el europeo). Está dividida en tres actos y cuenta una historia que, sin duda, os resultará familiar. La rulsalka, según la tradición eslava era una especie de sirena-fantasma que vivía en el fondo de los ríos. En el libreto de esta ópera, escrito por Jaroslav Kvapil, Rusalka es una ninfa acuática enamorada de un príncipe, que desea hacerse humana para poder estar con él. Para ello acude Jezibaba, la bruja del lago. La bruja atiende la petición de Rusalka, pero a cambio, le arrebata su voz y le advierte de que, si no logra el amor del príncipe, dejará de ser ninfa o humana y estará condenada a vagar en soledad por el lago llevando la muerte a los hombres. Rusalka accede y toma una poción que la convierte en humana.
Cuando el príncipe la encuetra, la lleva a su palacio con la intención de casarse con ella. Sin embargo su mudez lo contraría. Cuando una princesa extranjera llega al palacio, el príncipe se enamora de su hermosa voz y olvida rápidamente a Rusalka. Pronto le declara su amor a la princesa, pero ésta lo rechaza y le dice que siga a Rusalka al infierno.
En este punto la versión de Dvořák se vuelve bastante más macabra que la de Disney (como toda ópera que se precie, ésta no podía tener un final feliz). Rusalka es condenada y, desesperada, le pide ayuda a la bruja Jezibaba. Ésta le indica que debe matar al príncipe, pero ella se niega. A todo esto, el príncipe recuerda su amor por Rusalka y, desolado, la busca sin descanso. Cuando al fin la encuentra, le pide perdón y le ruega que lo bese. Rusalka le advierte que si lo hace, morirá, pero a él no le importa. Por fin se besan y el príncipe muere dichoso.
La Canción a la Luna es un aria perteneciente al primer acto de la ópera. En ella, Rusalka le habla a la Luna de su amor por el príncipe y le pregunta si él la corresponde. Podéis pinchar en el link para leer la letra traducida al castellano. En el vídeo, la soprano Renée Fleming interpreta magistralmente esta aria. A los menos aficionados al canto lírico les recomiendo la versión instrumental a cargo del violinista Joshua Bell.