Día del libro

dia-libro

—Estoy completamente a favor de las energías renovables, pero esas turbinas me ponen los pelos de punta. Me recuerdan a La guerra de los mundos o a los libros de los Trípodes.
—Dan cierto mal rollo.
—Yo no puedo evitar tener la sensación de que en cualquier momento van a…

[Estruendo]

—Oh, no. ¡Vienen hacia aquí!
—Al Gore, nos has condenado a todos… ¡Corre!
—¿Y ahora qué?
—Alguien tiene que detenerlos.
—Pero quién podría…
—¡Háganse a un lado!

Evasiones

La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son.

(Winston Churchill, estadista, historiador y político británico)

Discos duros con sectores defectuosos

Recientemente he tenido diversas aventuras y desventuras (más de lo segundo) con un disco duro (con Windows, aunque en principio da igual) que fallaba debido a sectores defectuosos. Costó lo suyo, pero finalmente salí airoso y desfice el entuerto. Para el que le pueda servir —y también a modo de apuntes para mí mismo—, dejo aquí plasmado lo que he aprendido al respecto.

Diagnóstico

¿Doctor, qué le sucede a mi PC? El síntoma más claro de que nuestro disco duro pudiere albergar sectores defectuosos es que todo va bien en apariencia, pero observamos mucha lentitud en determinadas acciones. ¡Ojo! No confundir con la tontería creciente que va acumulando Windows con el paso del tiempo, no… Me refiero a LLLLLLEEEEEEEEEEENNNNTTTIIITTTTTUUUUUUUUUUUUDDDD (el ordenador puede llegar a quedarse parado), y además en puntos concretos: al abrir un archivo, al iniciar el PC, etc.

¿Y si tiene sectores defectuosos, es grave? Depende; para empezar del número de defectos, y, por último, del tipo de estos. Existen dos tipos: sectores mal magnetizados y defectos materiales del disco. Los primeros se pueden arreglar fácilmente con el software adecuado. Los segundos no tienen remedio, pero si no son demasiados podremos seguir utilizando el disco sin problemas tras realizar unos apaños. ¿Por qué se produce esto? Generalmente por tratar el PC con cariño a hostia limpia. Lo malo que tienen los defectos materiales es que, si son muchos, pueden indicar que el deterioro del disco va in crescendo. Por lo tanto, más nos vale comprar otro (y cuidarlo mejor). En cualquier caso, y dejando aparte el disco, lo peor que nos puede pasar es que perdamos algún archivo.

Ya nos hemos mentalizado. ¿Por dónde empezamos?

Antes que nada, recomiendo bajar un LiveCD que os puede sacar de más de un apuro y más de dos, y que contiene la mayoría de las herramientas que os voy a recomendar. Se trata del Hiren’s BootCD.

Lo primero que hay que hacer cuando Windows empieza a tambalearse es ejecutar el CHKDSK (el que por allí por Windows 98 se llamaba SCANDISK). En mi caso, había un problema: Windows no llegaba a iniciarse, y sin Smint no hay beso. Esto significaba que los sectores defectuosos se encontraban al principio del disco: mal rollo… Así que nada, metemos el LiveCD, arrancamos, y ejecutamos una herramienta llamada NTFS Dos Pro, que lo primero que hace es ejecutar CHKDSK. En este punto ya confirmé que había sectores defectuosos, pero como la herramienta en cuestión es estúpida, no hace nada con ellos.

Una vez confirmado el diagnóstico, lo primero es utilizar la excelente herramienta llamada HDD Regenerator (en el mismo CD mientras no diga lo contrario). Es un programa bastante lento, todo hay que decirlo, pero con la peculiaridad de que repara los sectores defectuosos debidos a errores magnéticos sin pérdida de datos. Si hace bien su trabajo, solucionado. Como mucho, tendréis que volver a copiar los archivos del sistema de Windows si no carga porque estaban dañados, y el PC como nuevo.

Los sectores están materialmente dañados

Todavía no está todo perdido (ni lo estará). El programa Seagate Seatools Graphical es capaz de encontrar los sectores defectuosos y marcarlos, haciendo una lista con ellos. Así, el sistema operativo los ignora, y es como si no existieran, como si tuviéramos un disco duro un pelín más pequeño. Vale, perfecto. Tras esto, como en el apartado anterior, el disco como nuevo.

Son demasiados sectores y la cosa va a más

El disco duro está en las últimas. Pobrecillo. Habrá que copiar todo a un disco nuevo y corregir allí los errores. Tenéis diversas herramientas en el CD que seguro funcionarán muy bien (como Norton Ghost, Acronis True Image, etc.), sin embargo, al ser un sistema de ficheros NTFS, acudí a una herramienta específica: ntfsclone. Os recomiendo para ello el SystemRescueCd, un LiveCD de Linux que contiene todas las herramientas más importantes de Linux para la recuperación de nuestro sistema.

Conectamos el disco duro nuevo vacío (como esclavo, por USB, o como queráis), iniciamos y ejecutamos lo siguiente:

[code lang=»plain»]ntfsclone –rescue /dev/hda1 –overwrite /dev/hdd1
dd if=/dev/hda of=/dev/hdd bs=446 count=1[/code]

La primera sentencia clona la partición NTFS dañada (hda1) al nuevo disco (hdd) ignorando los errores de lectura debido a los sectores dañados. La segunda, copia el MBR, para que podamos arrancar desde el nuevo disco. Ahora no recuerdo si es necesario poner el flag de boot en la partición del nuevo disco, pero eso es fácil con cualquier editor de particiones (recomiendo Gparted, del LiveCD de Linux).

¿Ya está?

No. Ahora viene lo bueno: tenemos un disco sin daños, pero con supuestos sectores dañados marcados gracias al punto 3. Hemos clonado el disco, para lo bueno y para lo malo. Si queremos redimensionar la partición, por ejemplo, no nos dejará debido a esto. ¡Pero sabemos que no están realmente dañados! ¿Cómo los desmarcamos? Esto no es tan fácil. Al parecer Windows Vista trae un CHKDSK con una opción /b que vuelve a repasar los sectores marcados para ver si realmente están dañados, pero, obviamente, no merece la pena instalar ESO… La solución la encontré en el LiveCD de Linux que os acabo de recomendar (por esta razón recomiendo ese y no otro), pues es de los pocos que he visto con el programa que necesitamos: ntfstruncate.

Primero ejecutamos lo siguiente (sustituimos <partition> por nuestra partición):

[code lang=»plain»]ntfsinfo -i 8 <partition>[/code]

Esto nos da una información de salida. De ella, bajo el título “Dumping attribute $DATA (0×80)”, tenemos que buscar el apartado que dice “Allocated size” y copiar el valor que aparece a la derecha. Ahora:

[code lang=»plain»]ntfstruncate <partition> 8 0x80 ‘$Bad’ 0
ntfstruncate <partition> 8 0x80 ‘$Bad’ <ntfs_size>[/code]

Donde <ntfs_size> es el número que hemos copiado antes. Ya está. De esta manera, hemos eliminado la lista de sectores defectuosos que habíamos mencionado más arriba. Sólo queda ejecutar el CHKDSK de Windows para que arregle algún índice y como nuevo.

Didáctica del lenguaje

Creo que la electrocución anal como herramienta pedagógica no está suficientemente explotada.

(El Camarada, proponiendo soluciones para las faltas de ortografía [el Talibán Ortográfico toma nota…])

El experimento de la gota de aceite

El experimento de la gota de aceite (oil-drop experiment), desarrollado por el físico estadounidense Robert Andrews Millikan en 1909, arroja uno de los resultados más importantes que nos ha dejado el siglo XX en el campo de la física atómica: el carácter discreto de la carga eléctrica.

¿Qué significa discreto? Algo discreto es algo que no es continuo. ¿Y qué significa continuo? A grandes rasgos, es algo de lo que, tomados dos estados concretos, existen infinitos estados intermedios; es decir, algo que podemos dividir en partes infinitas veces. En contraposición, algo discreto es algo que se puede dividir hasta un límite finito, y entre una unidad elemental y la siguiente no hay nada intermedio. Por ejemplo, el tiempo, tal y como lo percibimos y como nos lo describe la Teoría de la Relatividad de Einstein, es una variable continua. En cambio, la imagen de una película es una variable discreta, porque está compuesta de fotogramas entre los cuales no hay nada: la unidad mínima aquí es el fotograma.

En un principio, se creyó que la carga eléctrica debía de ser continua. Uno de los que sostenían esta opinión era Thomas Alva Edison. Sin embargo, tras el trabajo de Millikan, se convenció de lo contrario.

Así pues, y ya volviendo al tema, Millikan desarrolló un experimento que consiste en introducir, mediante un atomizador, gotitas de aceite (del orden del micrómetro) en un medio gaseoso controlado, con una viscosidad determinada, y entre dos placas conectadas a una fuente de tensión. Algunas gotitas, por efecto de la fricción con el atomizador, reciben cierta carga electrostática —o alternativamente, se cargan mediante una fuente externa de radiación ionizante (rayos X)—. El campo eléctrico producido por las placas, vertical y hacia arriba, se opone a la fuerza de la gravedad y algunas gotas quedan en equilibrio. Entonces, se escoge una gota con la que trabajar y se descartan las demás apagando y encendiendo la fuente de tensión.

simplified_millikan_oil_drop
Imagen extraída de la Wikipedia.

Una vez seleccionada la gota, se apaga el campo eléctrico; esta cae lentamente alcanzando rápidamente una velocidad terminal. Cuando esto sucede, significa que la fuerza de arrastre es igual y opuesta a la fuerza de la gravedad; así pues, igualando la ecuación de la fuerza de arrastre (que contiene la viscosidad, el radio de la gota —supuesta esférica—, y la velocidad terminal) y la ecuación del peso de la gota (que continene las densidades del gas y el aceite, la constante gravitatoria y el radio al cubo), podemos extraer el radio de la gota.

En este momento se vuelve a activar el campo eléctrico. Evidentemente, ajustarlo de manera que la gota quede en equilibrio sin moverse es muy complicado. Por ello, una buena práctica es aumentarlo de manera que la gota comience a subir: en la nueva ecuación, el peso (hacia abajo) más la fuerza de arrastre (hacia abajo) son iguales a la fuerza del campo eléctrico (hacia arriba). De nuevo, alcanza otra velocidad terminal que introducida en la ecuación anterior, junto con el radio averiguado antes, nos proporciona la carga eléctrica de la gota.

Repitiendo este procedimiento muchas veces con múltiples gotas de diferentes tamaños, Millikan llegó al resultado de que la carga eléctrica siempre toma un valor igual a un múltiplo entero de una carga elemental: la del electrón.

Gracias a este experimento —del cual se cumple el centenario este mismo año— y a otros trabajos sobre el efecto fotoeléctrico, su autor recibió el premio Nobel de Física en 1923.