(Post)Concierto fin de carrera

Casi me da miedo darle al play. Estoy nervioso, más que ayer incluso. Pero ya está hecho. Porque ya está hecho. Para la posteridad quedan todas mis virtudes y también mis meteduras de pata, que las hubo. Afortunadamente, fueron razonablemente pocas; y muchas menos, evidentes. Cosas del directo.

A pesar de todo, acabé disfrutando. Con el estómago en la garganta, pero disfrutando. Regodeándome en el puro sufrimiento… es curioso hacer música. Los que solo la escucháis, no os hacéis ni una ligera idea. Es como un juego de oxímoron. Piensas y no piensas; ¡en qué narices estás pensando? Estás tan sumamente concentrado que no tienes ningún control sobre lo que está pasando. Los dedos saben perfectamente qué tienen que hacer, pero no saben adónde ir. Y mientras luchas contra ellos uno a uno, un poco más fuerte para destacar esto; la próxima nota la tengo que bajar para afinar con el piano, pero la siguiente no; qué ganas de toser…; no corras o el cambio de tempo posterior no se va a notar; aquí toca respirar, pero poco para no ahogarme; y después necesito mucho aire o no llegaré; cuidado con esa articulación, que tengo la boca un poco seca; mierda, llega el cambio de página y la he puesto mal… Y millones de cosas más cada segundo.

Tengo que decir que estoy orgulloso del resultado. Solo me queda dar las gracias a mis acompañantes, Pedro y Carlos, y a todos los que vinisteis a compartir este día conmigo, incluso de muy lejos. Y, muy especialmente, a mis amigos Txus, Rubén y Pablo, por ocuparse de todo en el backstage y sobre el escenario, y porque sin sus ánimos y sus bromas entre pieza y pieza me habría resultado muchísimo más difícil dominar los nervios.

Concierto fin de carrera

Trío Op. 114 para clarinete, cello y piano, de Johannes Brahms

Richard Mühlfeld, dedicatario de este Trío para clarinete, fue un músico alemán que entró a formar parte de la prestigiosa Meiningen Court Orchestra como violinista originalmente, pero que tres años después cambió al clarinete. Johannes Brahms (1833-1897), que había decidido dejar la composición tras escribir su Quinteto para cuerdas No. 2 Op. 111 en 1890, quedó impresionado por la calidad sonora y musicalidad de Mühlfeld tras escuchar su interpretación del Concierto No. 1 de Weber, el Quinteto para clarinete de Mozart y algunas obras de Spohr.

Así, Mühlfeld, «el mejor instrumentista de viento que haya conocido» según palabras del propio Brahms, se convirtió en la inspiración del compositor, que volvió a escribir para regalarnos algunas de sus últimas obras maestras: el propio Trío Op. 114 y el Quinteto para clarinete Op. 115 (1891), y las dos Sonatas para clarinete Op. 120 (1894). Aunque Brahms había mostrado cierto favoritismo por el clarinete en sus sinfonías y serenatas antes de conocer a Mühlfeld, no fue hasta entonces cuando se decidió a ampliar el repertorio camerístico del instrumento.

Poco sabemos hoy en día sobre cómo era ese sonido que maravilló a Brahms. Jack Brymer, en su libro Clarinet (Schrimer Books, 1976), recoge las impresiones de un anciano violista, director en ocasiones de la Duke of Devonshire’s Orchestra, entrevistado unos años antes de la Segunda Guerra Mundial. Dicho violista había tocado ocasionalmente en el cuarteto de Joachim, el célebre violinista y amigo personal de Brahms, por lo que había coincidido con Mühlfeld en la interpretación del Quinteto para clarinete de Brahms. El anciano aseguró que había tres cosas que recordaba claramente: «[Mühlfeld] utilizaba dos clarinetes, en La y Si bemol, para el movimiento lento, para simplificar la sección cíngara; tenía una técnica fogosa, con un tono cálido y un gran vibrato». Tras haber cuestionado el entrevistador si había querido decir «rubato», él insistió: «No: vibrato. Bastante más que Joachim y tanto como el cellista» (se sabe que Joachim era famoso por tocar con poco vibrato o sin él).

Por tanto, parece que, en aquella época, una interpretación por parte del clarinete «con tanto vibrato como un cellista» habría sido lo habitual y del agrado del compositor. En cambio, a partir del inicio del siglo XX, ha habido una reacción en contra del vibrato en el clarinete de forma que se ha expulsado totalmente de la técnica habitual del instrumento. Aun así, aunque académicamente rara vez se imparta, hoy en día todavía podemos encontrar clarinetistas que hacen un equilibrado uso del vibrato, como es el caso de Martin Frost o Richard Stoltzman (cuya grabación del Trío de clarinete de Brahms, con vibrato incluido, es destacable).

Brymer incluye en su texto un par de razones por las que el vibrato no ha seguido formando parte de la técnica del clarinete. La primera se refiere a la pureza del sonido: «En primer lugar, más que cualquier otro instrumento, el clarinete puede representar el tipo de belleza fresca, impecable de una estatua de mármol o de una pieza de madera perfectamente pulida. La pureza del sonido fascina de tal manera que hace pensar que la más mínima hendidura en su superficie constituiría una mancha». Y en segundo lugar, «de hecho, se ha estado haciendo [el vibrato] durante mucho tiempo muy mal».

George Townsend, en su artículo The Question of Clarinet Vibrato, apunta lo siguiente: «La flauta, que tiene el sonido más «ligero», requiere mucho vibrato. […] el flautista usa el vibrato como un componente intrínseco del color de su sonido […] El oboe, con un sonido más rico y complejo, requiere menos vibrato, estando este reservado para pasajes cantabile con el objetivo de sonar más expresivo. […] El clarinete, con su sonido oscuro y único, no requiere vibrato, el color expresivo inherente del propio sonido es suficiente para excluir la necesidad de añadir nada».

Con vibrato o sin él, este Trío de Brahms es otra de las piedras angulares del repertorio clarinetístico y una de las pocas obras camerísticas plenamente románticas con las que cuenta este instrumento. Al igual que el Quinteto y las dos Sonatas, se caracteriza no por sus dificultades técnicas, sino por sus enormes dificultades interpretativas.

Así ilustro esta obra maestra del repertorio de música de cámara en las notas al programa de mi concierto fin de carrera. Se celebrará el próximo martes 6 de noviembre a las 12:00 horas en el Auditorio Fernando Remacha del Conservatorio Superior de Música de Navarra, con obras de Danzi, Debussy, Brahms y Muczynski:

  1. Pieza de concierto Op. 45 No. 2, de Franz Danzi.
  2. Première Rapsodie, de Claude Debussy.
  3. Trío Op. 114, de Johannes Brahms.
    1. Allegro
    2. Adagio
    3. Andantino Grazioso
    4. Allegro
  4. Time PiecesOp. 43, de Robert Muczynski.
    1. Allegro Risoluto
    2. Andante Espressivo
    3. Allegro Moderato
    4. Andante Molto – Allegro Energico

Este es un enlace al precioso programa de mano que ha hecho Almudena. Estáis todos invitados.

Concierto fin de carrera

El cine con otro tono

La música tiene la curiosa capacidad de suscitar emociones. A veces, con una precisión sorprendente. Esto es explotado con especial éxito en el cine, donde la mayoría de las escenas no estarían completas ni suficientemente claras sin la banda sonora que las acompaña. La música nos permite anticipar si la intensa conversación de los protagonistas es triste o nostálgica, si el peligro los acecha o si acaso nunca más se volverán a ver.

Pero, ¿qué pasaría si cambiásemos la tonadilla de la misma? Film v Music es una curiosa página web donde se combinan aleatoriamente escenas de películas y música de todo tipo. Los resultados, en muchos casos, son sorprendentes y el juego, bastante adictivo (al menos yo, me he pasado bastante rato pulsando «show me another one»). Es curioso comprobar cómo «Gymnopédie» puede teñir de nostalgia hasta el más sangriento asesinato, o descubrir que cualquier escena, bajo el pegadizo «ta ta ta ta ta ta ta ta Batmaaaan» se vuelve cómica (es el Benny Hill de las bandas sonoras).

Ya que jugaba con el experimento, yo he aprovechado para tomarme mi particular venganza: hace años, pagué unas entradas para ver «De dioses y hombres». Quizás uno de los gastos más estúpidos de toda mi vida y un bodrio por encima de la media europea (uno de esos que  no puedes soportar ni agarrándote a la pasta de las gafas). Las buenas críticas me confundieron y sólo más tarde descubrí que muchas de ellas alababan la escena «clímax» de la película. En «Vicisitud y sordidez» lo explican mejor que yo:

La escena emotiva en cuestión es una en la que los monjes, tras decidir quedarse, se ponen ‘El lago de los cisnes’ mientras están reunidos. Y claro que queda bien. Feck, es que yo pongo una de las mejores piezas musicales de la historia con un montaje de todos los contertulios de Sálvame Deluxe poniendo cara de pena y también queda de puta madre.

Dejando a un lado que, hasta con Tchaikovsky la escena es leeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeenta (absurda, redundate, pretenciosa… y aún así, lo mejor de toda la peli) siempre me he preguntado qué pasaría si se le pusiese una música no menos arbitraria que «El lago de los cisnes». Este es el resultado:

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