Iñaki se ríe de mí por culpa de mis fobias. Dice que tengo un miedo irracional a las arañas y a los burócratas. Pero no estoy del todo de acuerdo. Mientras mi temor por esas bestias del diablo con ocho patas (que, como mucho, pueden asesinarte y atraparte en un sudario de seda) podría considerarse un poco exagerado, pienso que mi miedo al personal de administración en general está perfectamente justificado: esos seres sí que pueden joderte la vida o, de entrada, amargártela mucho.
Y es que en su mundo, cualquier cosa es posible: un día te dejan sin carrera por culpa de una fecha incorrecta o pierdes una beca de 4500 € a falta de una firma en el recuadro 3 (que dices tú: ¡coño! ¡qué pedazo de autógrafo!). En este extraño contexto, sencillamente, los efectos jamás siguen de forma lógica a las causas. Es decir: la burocracia es magia. De la negra, añadiría.
Y todo esto os lo cuento porque estoy hasta las coletas de que unos seres rodeados de tampones y montañas caóticas de folios, retengan mi título de licenciada, impidiéndome así poder ir a hablar con otros seres tamponiles a gestionar nuevos trámites absurdos (a lo tonto, quizás me estén haciendo un favor). El 21 de junio hice mi última entrega: virtualmente «terminé» la carrera. Pues bien, desde entonces llevo pegándome por turnos con los distintos responsables de: 1) subir mis notas al expediente de Granada (sólo tardaron una semana, tiempo récord); 2) firmarlas (otros 10 días: creo que tuvieron que esculpir la firma en mármol o algo así); 3) mandar esos numeritos a Madrid; 4) subir esos mismos numeritos al expediente de Madrid. ¿Sencillo no? Pues ya ha pasado un mes y sin resultados.
Y es que hace dos semanas cometí el grave error de desentenderme de todo este proceso, dando por hecho que los dos últimos pasos eran triviales. Era cuestión de esperar a que mis notas firmadas llegasen a Madrid. El martes, alarmada por la lentitud de Correos (tardan como un millón de veces más que Gmail), decidí llamar por teléfono a las secretarías de Madrid y Granada para ver en qué había quedado la cosa: «Hola Madrid, ¿tienen mis notas?» (no), «Granada, ¿han mandado mis notas?» (sí), «Madrid ¿pueden haber perdido mis notas? ¿han mirado bien debajo de la cama?» (no y sí respectivamente), «Granada, ¿adónde han enviado las notas?». Tras 20 llamadas consecutivas y cuando ya empezaba a sentirme como aquella niña fea del colegio que siempre hacía de Celestina pasando las notitas de los demás en clase, conseguí enterarme: al parecer es probable que el dichoso documento siga perdido en algún buzón de Correos porque el responsable de secretaría de la facultad de Granada no apuntó bien la dirección de Madrid. De risa. Sin embargo, en un último momento de debilidad, cometí otro grave error: cansada de «pasar notitas», decidí facilitar a los responsables de estas gestiones sus respectivos teléfonos. Y sí, lo considero un grave error, ya que ahora no tengo control sobre la información que intercambian. Ciertamente, les creo capaces de perder el número, de comerse el cable del teléfono o de confundirse y gestionarlo todo con el de la pizzería por error. Hasta tal punto ha llegado mi paranoia.
Y sin embargo, no tengo nada en contra del personal de secretaría. Jamás se me ocurriría levantarles la voz (como no se me ocurriría levantarle la voz a Saruman, por otra parte). Son sólo humanos que gestionan mil millones de papeleos de mil millones de alumnos burocratofóbicos como yo al día. Es lógico que tarden y que cometan errores. Pero digo yo… coño, a estas alguras del siglo XXI ¿no hay una forma mejor de hacer las cosas? En serio, no hace falta una inteligencia creativa para pasar unas notas a un expediente, poner un garabato y mandarlas a otra ciudad. Debería ser algo trivial y automático. Por favor: ¡ingenieros, científicos!, ¡futuros estudiantes del PFC!, ¡gente capaz e inteligente en pos de un mundo mejor! ¿Para cuándo un personal robótico para la administración de este tipo de gilipolleces? Ya estáis tardando demasiado.