Diario Malaspina: preparativos

Los tres últimos días han sido de locos, por lo que se nos ha olvidado comentarlo por aquí: Almudena embarca mañana en el buque Hespérides, en la primera travesía —de un mes de duración— de la Expedición Malaspina 2010, que abarca desde Cádiz hasta Río de Janeiro sin escalas. Durante este mes, Almudena actuará como corresponsal de QUO/Amazings y escribirá un artículo diario en Quo Blog contando las experiencias de a bordo. Yo me encargaré de enlazarlas aquí, en Enchufa2. Aquí va la primera anotación del cuaderno de bitácora.

Ya está, se acabó. No sin esfuerzo, he conseguido cerrar la última cremallera. Miro mi maleta y me acuerdo de los caracoles: con su casita a cuestas. Si algún día no puedo pagar un alquiler, intentaré hacerme un hueco calentito entre el desodorante y las camisetas dentro de esa enorme mole con ruedines. Creo que nunca había hecho un equipaje tan abultado, y mucho menos, tan variopinto. No es raro: me embarco casi un mes en el buque oceanográfico Hespérides para ser los ojos de QUO en la Expedición Malaspina 2010, organizada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Y yo seré la única periodista a bordo en esta primera etapa. Como suena.

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Lo natural es más sano

Como el Papa es mu listo, se ha enterado de que el verde está de moda y, con el respaldo de todo su equipo de marketing, ha anunciado que debemos defender la «familia natural». Sin embargo, yo que soy un poco tonta, no entiendo muy bien qué significa eso de «natural». Más que nada porque, como el verde está de moda, lo he oído ya tantas veces y en tantos contextos tan diferentes… que nunca me queda del todo claro. Siempre según mi experiencia, he concluido que «natural» puede significar varias cosas (en orden de relevancia):

  1. Que tiene mucha soja.
  2. Que lo inventaron los chinos (o algún otro pueblo de Muy muy lejano).
  3. Que suenan pajaritos de fondo.
  4. Que no tiene químicos (bien porque es inmaterial, bien porque no es frecuentado por licenciados en química).
  5. Que no es de plástico o sintético.
  6. Que no es un producto «animal», sino «cultural», esto es: que no ha sido producido por el hombre en sociedad.

Por el contexto, he deducido que el Papa se refería a esta última acepción. Más que nada porque no creo que tenga nada en contra de que los químicos formen familias; pero tampoco creo que las parejas orientales, en su viciosa costumbre de no acudir a misa, le parezcan especialmente modélicas. Ahora bien, asumiendo como válida esta conclusión, la postura del Papa me parece sumamente contradictoria: y es que pocas cosas hay tan «culturales», tan cargadas de significados consensuados socialmente y alejados, por tanto, de lo «instintivo» o «innato», como dos personas que recurren a un ritual simbólico, validado por una religión institucionalizada, para poder mantener relaciones sexuales.

Abstruse Goose

Tampoco puedo afirmar cuál sería el estado «natural» de las cosas. Dado que el hombre es un animal que acostumbra a vivir en grupos, parece difícil averiguar cómo gestionaría el sexo al margen de la «sociedad». Un planteamiento habitual consiste en afirmar que, como la cultura ha ido cobrando cada vez más relevancia a lo largo de los siglos, para encontrar al hombre «natural» debemos ir hacia atrás en el tiempo hasta toparnos con el hombre primitivo. Pero claro, como este tipo no dejó fotos de familia, es complicado averiguar con quién o con cuántos decidía procrear.  Algunos antropólogos hablan de sociedades matriarcales, otros de poliandria, otros de simple promiscuidad. Lo que no parecía muy común en aquella época era el Santo Matrimonio Cristiano, basado en el pecado, la postura del misionero y la fidelidad desde el primer coito hasta la muerte.

Sin embargo, en general no estoy de acuerdo con esa bucólica visión que divide las acciones humanas en «naturales» y «artificiales». La naturaleza del hombre es vivir en sociedad y, por tanto, aprender una cultura. Nada sería más «artificial» que un hombre aislado de las invenciones de otros hombres.

En tal caso, ¿qué sentido tiene afirmar que una construcción social (a saber, «familia cristiana») es más «natural» que otra? Con base en qué, ¿en su antigüedad? ¿Y lo verdaderamente artificial no será oponerse al paso del tiempo? A fin de cuentas la cultura es un mecanismo de adaptación al medio, más ágil y flexible que la propia evolución genética. Desde ese punto de vista, lo verdaderamente artificial es oponerse por sistema a que la sociedad avance e invente nuevas formas de convivir. Nuevos tipos de relaciones y de familias que no giran exclusivamente en torno a los hijos, o que los tienen gracias a los nuevos medios que ha facilitado la ciencia y la sociedad (reproducción asistida, subrogación o incluso adopción), también familias monoparentales, o familias que se pueden separar sin dejar en la miseria a una mujer dependiente de su marido.

Dios no creó el brócoli

(Esta ano­ta­ción se pu­bli­ca si­mul­tá­nea­men­te en Amazings.​es)

Seguramente, nunca os habréis encontrado un hermoso brócoli silvestre dando un paseo por el bosque. La razón es sencilla: el brócoli silvestre no existe. Es una especie originada mediante el cultivo selectivo a lo largo de cientos de años cuyo antecesor silvestre es una planta mucho menos apetitosa: la col silvestre o Brassica oleracea.

Esta especie primigenia sigue un ciclo bienal. El primer año, acumula agua y nutrientes en un ramo de largas hojas carnosas, como medio de adaptación a las duras condiciones en las que suele crecer (suelos con alto contenido en sal y yeso). El segundo año, la planta utiliza estos nutrientes para formar un largo tallo (de 1 ó 2 m) con un montón de flores amarillas que crecen a partir de pequeños capullos agrupados en ramitos.

Cogemos una col silvestre y empezamos a cultivarla hasta obtener un montón coles. Entre estas coles, cultivadas en unas condiciones determinadas, es posible que algunas no hayan sobrevivido. Otras, en cambio, pueden haber producido hojas ligeramente más carnosas que el resto y otras, por su parte, han florecido antes de tiempo. Como somos muy listos, para engendrar las siguientes generaciones de coles, elegiremos los mejores especímenes según nuestros intereses, hasta que, de nuevo, por puro azar, una planta resulte más carnosa que el resto, dé unos capullos más sabrosos o florezca más a menudo. Así, año tras año, durante (apenas) unos cuantos cientos de años (se tiene constancia de que los romanos cultivaban ya Brassica oleracea).

¿Cuál es el resultado? Un montón de variaciones nuevas dentro de la misma especie, sorprendentemente diferentes entre sí y que ya no es posible encontrar en estado silvestre. Como cabía esperar, de algunas nos comemos las flores (coliflor, brócoli, romanesco…); de otras, las hojas (col, berza, repollo…); algunas incluso se usan como decoración (col ornamental). A continuación, podéis ver un esquema con estas variaciones divididas en los 7 grupos de cultivo que sirven para clasificarlas:

Grupos de cultivo y variaciones de Brassica Oleracea

Durante todo este proceso, sólo han intervenido mutaciones aleatorias del ADN y la selección artificial impuesta por los agricultores. Cabe suponer que las mutaciones ocurren con la misma frecuencia en la naturaleza y en los cultivos. Sin embargo, es la selección artificial la que facilita que podamos observar, a cámara rápida, un proceso de diversificación que, en otros casos, tarda milenios en producirse. El motivo es sencillo: mientras que el hombre impone unilateralmente qué planta es mejor y cuál peor, la naturaleza nunca lo tiene tan claro. La evolución no tiene objetivos, ni escalas de valor: su único criterio es una mejor adaptación a un entorno siempre cambiante. Todo ello ralentiza el proceso de cambio, pero también hace posible que puedan coexistir varias soluciones de forma simultánea o que aparezcan soluciones imprevisibles, aparentemente ilógicas, que nunca hubiesen surgido en la persecución de un objetivo predefinido, o a partir de una planificación «inteligente». Ese es el secreto de la gran variedad de la vida: pequeños cambios consolidados a base de prueba y error a lo largo de 4000 millones de años.

No sólo sirve una gran idea

Atención a la explicación del funcionamiento de la homeopatía de Carmen González Sinde, doctora en medicina y en magufadas varias (como lo atestigua su currículum; por cierto, desconocemos si guarda parentesco con la Ministra):

[La homeopatía] utiliza las mismas sustancias que en algún momento pueden provocar una enfermedad y dar una serie de síntomas. Es una medicina reaccional, que pone en marcha el mecanismo de defensa del organismo.

¿De qué me suena esto? No parece una idea tan descabellada. Oh, un momento… Eso ya se inventó más recientemente y se llama vacuna. El funcionamiento de las vacunas se basa en la inyección de antígenos en el organismo (para los amigos, bichitos vivos en pequeña proporción o directamente muertos) para generar una respuesta del sistema inmune antes de que se produzca la inoculación del patógeno (para los amigos, reforzamos las murallas y entrenamos a los soldados antes de que se abalance la caballería enemiga). En tal caso, ¿por qué las vacunas funcionan y la homeopatía no? Porque la homeopatía falla en dos aspectos básicos: trata de curar, no de prevenir, lo cual es ridículo (si el cuerpo ya está enfermo y no reacciona contra la enfermedad, ¿cómo vamos a ayudarle proporcionándole más patógenos?), y, segundo, se basa en un mecanismo de actuación mágico (la cantidad de principio activo es tan baja como que es inexistente).

Realmente la idea de Hahnemann, fundador de la homeopatía, era brillante. Sin embargo, como subrayo en el título de este artículo, no sólo una gran idea es suficiente. Este es uno de los mejores ejemplos de cómo la creencia sin ningún fundamento —en este caso, la creencia en que una sustancia puede actuar de manera mágica tras haber permanecido en el agua, pero, de hecho, sin estar presente— puede echar por tierra una idea brillante y no llevarnos a ninguna parte —en este caso, la homeopatía—, y de cómo el método científico engrasa su maquinaria para proporcionarnos resultados probados que revolucionan nuestra calidad de vida —en este caso, las vacunas—.

Una posible cura del resfriado (y tal vez otras enfermedades víricas)

Como reza el dicho, el resfriado dura siete días con tratamiento y una semana sin él. Esto es así porque existen dos formas, que conozcamos, de eliminar un virus: 1) destruirlo cuando se encuentra aislado o 2) cargarse toda una célula cuando esta ya ha sido infectada. Lo primero es bastante inútil cuando la infección se ha producido, que es, por otra parte, cuando detectamos que alguien está enfermo. Como mucho, entiendo, podría realizar labores de contención [comentario de expertos requerido]. En cuanto a lo segundo, no olvidemos que las células infectadas son las nuestras, por lo que matar demasiadas resultaría contraproducente. Es por ello que, ante virus no muy peligrosos como una gripe o un resfriado, lo ideal es dejar que el propio cuerpo se encargue de reparar el daño. Como mucho le podemos echar una mano en la labor de paliar los síntomas.

Sin embargo, esto puede cambiar en vista de los resultados de un estudio del Laboratory of Molecular Biology de Cambridge. Dicho estudio, que será publicado esta semana, muestra que las células poseen un mecanismo de defensa intracelular capaz de atacar a los virus una vez que estos han entrado en ellas. Y no sólo esto, sino que además este mecanismo puede estimularse externamente.

El mecanismo de defensa se basa en una proteína generada por nuestro cuerpo llamada TRIM21. Cuando un virus circula libre por el torrente sanguíneo, los anticuerpos de nuestro sistema inmune se adhieren a él y lo acompañan hasta el interior de la célula infectada. En ese momento, la proteína TRIM21 reconoce el anticuerpo y da el aviso de que existe un intruso adherido al mismo. De esta manera, esta proteína actúa como disparador de los mecanismos de defensa intracelulares, los cuales pueden destruirlo en una o dos horas: mucho antes de que el virus consiga hacerse con el control de la célula.

Los investigadores sugieren que la proteína TRIM21 podría administrarse en forma de medicamento para reforzar la respuesta intracelular y destruir el virus desde dentro dejando células sanas y funcionales. Hasta ahora sólo han realizado pruebas con cultivos, pero están seguros de que este tipo de medicina servirá en un futuro para curar no sólo resfriados y gripes, sino también otras muchas enfermedades provocadas por virus.

(Vía: Popular Science)