Es curioso cómo un espacio tan aparentemente frío como un buque se puede ir convirtiendo en un lugar “habitable” según pasan los días y lo vamos haciendo nuestro. En sólo una semana, ya se han consolidado lugares y rutinas, tradiciones a pequeña escala: en la sala de oficiales suenan las guitarras cada noche.
Mateo, el médico del Hespérides, dirige la coral de villancicos. El espumillón ha conquistado los laboratorios. Siempre hay música en cada sala y en cada camarote. Ayer nos terminamos el calendario de adviento que colgaron las tres chicas de contaminantes: Laura, Belén y Gemma, aunque todos las conocemos como los ángeles de Charlie o las Supernenas. Gerardo de biogeoquímica y su gorro de Papá Noel con luces. Tantas otras cosas que no sabría enumerar, etcétera.
Categoría: Ciencia
Artículos de divulgación científica.
ARGO. Robots para conocer el mar y predecir el clima

(Esta anotación se publica simultáneamente en Amazings.es)
Henry Stommel fue un célebre científico que estableció las bases de la oceanógrafía física. Él predijo, alrededor de la década de los 70, que llegaría un momento en que no sería necesario embarcarse en un buque para investigar el océano, porque serían robots los encargados de tomar mediciones y recorrer las aguas a nuestra voluntad. Para Joaquín Salvador (Kintxo), del bloque de física de la Expedición Malaspina, Stommel estaba en lo cierto: «En los últimos 10 años, aproximadamente, gracias al desarrollo de las tecnologías, de los satélites, la miniaturización de los componentes y los sistemas de bajo consumo, han empezado a surgir un montón de instrumentos que son autónomos a la hora de medir». Entre ellos, las boyas Argo de las que hoy hablamos y que se están dando a la mar periódicamente durante esta expedición (precisamente hoy hemos dado la segunda).
Si bien se las suele llamar boyas, por su forma y flotabilidad, se trata más bien de perfiladores: capaces de sumergirse a grandes profundidades y tomar datos durante su recorrido. Gracias a ello, pueden elaborar un perfil detallado de la columna de agua: capturan datos de salinidad, temperatura y presión (igual que el CTD de la roseta) que luego envían vía satélite. El proceso es el siguiente: cada boya cuenta con una vejiga que se rellena y vacía con un aceite menos denso que el agua para aumentar o disminuir la densidad total del aparato y poder sumergirse a voluntad. Gracias a ella, es capaz de viajar a cierta profundidad, llamada «de deriva» porque la boya se mueve con la corriente (como dice Kintxo, «se trata de que se comporte como una partícula de agua»). Durante este trayecto, solo hace mediciones puntuales (en este caso, cada 24 horas, por ejemplo). Sin embargo, cada cierto tiempo, la boya se sumerge a una mayor profundidad. Desde allí asciende hasta la superficie para hacer un perfil completo de la columna de agua tomando datos con una mayor frecuencia. Una vez llega arriba, envía todos estos datos y su posición al satélite.
Todos los movimientos de la boya están programados de antemano y varían en función de las aguas que se quieran muestrear y el tipo de estudio que se quiera hacer. En el caso de las boyas Argo que se están largando en el Atlántico, derivan a 1000 m de profundidad y realizan un perfil cada 10 días sumergiéndose hasta 2000 m. Sin embargo, hay otros perfiladores con programas distintos en todos los mares del mundo. Este proyecto lleva dando boyas a la mar durante casi 10 años y su intención es tener siempre 3000 perfiladores activos mandando señales desde todos los puntos del globo. Podéis ver un mapa con su última situación conocida en la página Coriolis (así como otros datos sobre los perfiles que han ido haciendo en su recorrido).
Cada perfilador tiene una autonomía máxima de 3 años gracias a unas baterías de litio que ocupan la mayor parte del cuerpo de la boya. Sin embargo, la mayoría no duran ni uno: son aparatos sometidos a enormes presiones y a condiciones, en general, extremas y bastante imprevisibles. Por todo ello, hay que renovar las boyas periódicamente. Uno de los inconvenientes del proyecto es que no hay forma de recuperar las boyas inactivas y se convierten en basura oceánica. El precio del rescate sería demasiado costoso (bastante mayor que el de las propias boyas, valoradas en 20 000 € cada una).
El proyecto cuenta, además, con un sistema de 5 satélites polares llamado Argos que se utiliza para transmitir los datos de las boyas en todo el mundo. Orbitan a unos 600 km de distancia de la superficie terrestre: esto es, bastante bajitos, para poder captar la señal de las boyas (si no, estas requerirían baterías mucho más potentes). Todo ello significa, además, que sus huellas no cubren toda la superficie terrestre en todo momento y, de hecho, algunos datos se pierden. Por ello, cada vez que una boya sale a superficie (durante 9 horas aproximadamente), envía todos sus datos una y otra vez cada 40 segundos. De este modo se asegura de que lleguen al menos una vez a algún receptor.
Pero, ¿para qué podrían servir todos estos datos? Bien, en bruto, quizás parezcan solo números. Pero, según su salinidad, la temperatura y la profundidad a la que se encuentra, podemos conocer de dónde viene el agua (la del Mediterráneo es más salada, por ejemplo; la de la Antártida, más dulce). Podemos estudiar las corrientes, saber cómo interactúan las distintas masas de agua… podríamos conocer el recorrido de cada gota del océano. Las consecuencias serían inimaginables: podría suponer una herramienta fundamental para poder prever el clima, por ejemplo. Actualmente, es imposible hacer predicciones meteorológicas con más de 5 días de antelación de forma fiable (con más de un 30 % de acierto). Sin embargo, estudiando el comportamiento del agua (que, después de todo, cubre la mayor parte de nuestro planeta y regula de forma fundamental el clima) a partir una serie temporal de datos lo suficientemente prolongada (pongamos, de 200 años), quizás podríamos llegar a hacer predicciones climáticas para toda una estación, ¡o incluso más! Sin duda, es demasiado pronto para afirmar algo así. Lo único seguro es que aún queda mucho trabajo por hacer.
Diario Malaspina: día 8
Hoy se abrió un claro entre las nubes y desde las alturas descendieron los coros celestiales. “¡Aleluya, aleluya! La roseta, ha resucitado”. Había un querubín un pelín desafinado (surgió un un pequeño problema de conexión con el CTD en los últimos 200 metros de subida), pero lo acallamos, por aguafiestas, ante la alegría generalizada. El problema, según se ha confirmado, se encontraba en el cable (recién estrenado). Lo bueno es que esta zona del Atlántico que acabamos de dejar atrás ya estaba muy muestreada, así que tampoco es muy grave que se perdiesen las primeras estaciones. En cualquier caso, hoy, por fin, la roseta ha bajado a 4000 metros y el chigre ha vuelto en condiciones así que ha sido el primer día de trabajo rutinario. ¡Esperemos que nos dure!
Diario Malaspina: día 7
Tras una noche en columpio a todos nos ha costado levantarnos. Sin embargo, esta mañana hacia las 7, merecía la pena madrugar para poder ver el eclipse lunar sobre el mar. Así damos la bienvenida al solsticio de invierno, que nos acoge con temperaturas casi veraniegas según nos vamos acercando al trópico de Cáncer.
Por la tarde, Carlos Duarte ha hecho una presentación para la dotación (y los científicos que quisiesen asistir) sobre los objetivos científicos de la Expedición. Muchos habréis leído sobre ello: La expedición Malaspina es un proyecto multidisciplinar que pretende explorar la biodiversidad del océano profundo y el efecto del cambio global sobre el océano. Pero no sólo eso, también tiene fines que podrían parecer más sociales: su programa incluye objetivos de comunicación, divulgación científica y cultural, formación de jóvenes investigadores y el desarrollo de una cultura colaborativa que facilite la cooperación de oceanógrafos de todos los rincones de España en proyectos de gran alcance. Además, la información que se recoja durante la expedición, tanto muestras (Colección Malaspina) como metadatos (Digital Malaspina), pasará a formar parte del Legado Malaspina, que se conservará al menos durante30 años, para futuras generaciones científicas.
Diario Malaspina: día 6
Debido a la precaria conexión a Internet del barco, rara vez me es posible ver vuestros comentarios en la web. No obstante, le he pedido a alguien que me los vaya enviando por email (nos han facilitado una nueva dirección en un servidor local que sí podemos usar sin problemas). Por eso me consta que alguien preguntaba hace un par de días acerca de la roseta. Pues bien, como hoy ha sido un día bastante ocioso (nuevamente, el mal tiempo ha impedido realizar las maniobras previstas para esta estación), tengo tiempo para hablaros de la roseta, el chigre y los problemas que están dando.
