Unos apuntes sobre «Así vuela un avión»

La mecánica de fluidos es uno de los ámbitos más complejos que se pueden encontrar en ingeniería. Muchos de los fenómenos que ocurren en el vuelo de un avión son tan tremendamente complejos y dependen de tantas variables que todavía no se comprenden con exactitud. Por consiguiente, realizar una simplificación en aras de construir una explicación asequible para el profano en la materia, es una tarea difícil. De ahí que circulen por la red (e incluso en algunos libros sobre aerodinámica) tantas explicaciones erróneas de por qué vuela un avión.

El pasado 16 de diciembre, se publicó un artículo al respecto titulado Así vuela un avión en el excelente blog La pizarra de Yuri. Dicho artículo se dedica a desmontar una a una estas explicaciones erróneas para luego desarrollar la correcta. Aunque la explicación es magnífica y tremendamente divulgativa, considero que todavía quedan unos flecos pendientes que convendría matizar. En la presente entrada, mi pretensión es, precisamente, la que reza el título: puntualizar algunos aspectos de aquel artículo (confío en que sirva para convencer a algún aerotrastornado que no quedó muy satisfecho). Para ello, voy a apoyarme en la misma referencia que se utiliza en La pizarra de Yuri [1]. Además, si estás leyendo esto, es porque ha pasado la revisión de un amigo mío ingeniero aeronáutico que trabaja en el departamento de aerodinámica de una de las empresas de motores más importantes del mundo.

¿Por qué vuela un avión?

La madre del cordero, es decir, la razón última por la que un avión vuela es el hecho de que el aire es un fluido real y, como tal, presenta cierta viscosidad. La viscosidad es, para que nos entendamos, la fricción que se produce entre las partículas de un fluido. La consecuencia principal de dicha propiedad es que existe una comunicación entre las partículas: si una de ellas se mueve, golpea a las adyacentes, que a su vez golpean a las adyacentes, que a su vez… Esto vuelve al fluido pegajoso (tanto más cuanto más alta es la viscosidad) y hace que se dé el fenómeno físico denominado efecto Coanda.

¿Quién no ha desviado alguna vez el chorro del grifo acercando un dedo? Como puede verse en la imagen que acompaña a este texto*, una corriente de fluido tiende a pegarse a una superficie sólida cuando discurre cerca de ella. Pues bien, esto es exactamente lo que ocurre con el aire que pasa cerca de un ala de avión: se crea una circulación de aire alrededor de la misma.

La viscosidad inherente del fluido permite que alrededor de un ala se forme una capa de aire de un determinado espesor (que puede ser de unos centímetros en el ala de un avión) denominada capa límite. En esta capa, la velocidad relativa del aire con respecto del ala varía desde cero —sobre la superficie del sólido (por eso la capa de polvo que ensucia nuestro coche no se va circulando con él)— hasta el 100 % de la velocidad del aire no perturbado conforme nos vamos alejando.

Variación de la velocidad en la capa límite

Las fuerzas presentes debidas a la viscosidad entre las capas de aire con distintas velocidades obligan a estas a seguir el perfil alar y a formar la capa límite. De hecho, cuando el ángulo de ataque supera un cierto límite, estas fuerzas no son suficientes como para que las capas de aire sigan pegadas a la parte superior del ala. Entonces se produce el fenómeno denominado desprendimiento de la capa límite, y la sustentación se pierde [2]. El avión cae.

Perfil en pérdida

No existe sustentación sin viscosidad

Así pues, es cierto que el principio de Bernoulli se cumple. También es cierto que un avión vuela porque desvía una gran cantidad de aire hacia abajo. Pero la razón última de que el aire sea desviado es su viscosidad. No existe sustentación en un fluido ideal no viscoso. De hecho, existen experimentos con helio que lo demuestran. Concretamente, el helio-4 es un isótopo que presenta un punto crítico a 2.81 K, de modo que a temperaturas inferiores se comporta como si estuviera formado por dos fluidos diferentes: uno viscoso (helio normal) y otro con viscosidad nula (helio superfluido). Mediante un tapón poroso y a una velocidad inferior a un valor crítico, es posible retener el helio normal y separarlo así del superfluido. Con este helio superfluido no viscoso se ha comprobado que un perfil no genera sustentación [3].

Es cierto que los cálculos de la sustentación suelen hacerse empleando formulaciones que toman la simplificación del fluido ideal (viscosidad nula), pero la viscosidad vuelve a reintroducirse en la ecuación de manera implícita al establecer la llamada condición de Kutta, que fija el punto de salida del aire justo en el borde de salida del perfil. Y esto, a su vez, impone que el aire tenga que circular alrededor del ala.

Resumiendo, el ala de un avión sufre una fuerza de sustentación que puede entenderse desde dos perspectivas: 1) la existencia de una diferencia de presiones entre la parte superior y la inferior y 2) el hecho de que una gran cantidad de aire es desviada hacia abajo. Ahora bien, esta diferencia de presiones y el hecho de que el aire se desvíe hacia abajo solo se puede mantener si existe una circulación: si el aire se acomoda para seguir la forma del ala y alcanzar el borde de salida. Y esto es consecuencia directa de la viscosidad.

El error principal, a mi juicio, del artículo de La pizarra de Yuri es precisamente ese: que no menciona en ningún momento la viscosidad, un elemento básico dentro del complejo entramado que supone el vuelo de un avión.

* En realidad, la imagen de la cuchara no se corresponde con el efecto Coanda. En este ejemplo particular, el agua se pega a la cuchara por efecto de la tensión superficial más que por la viscosidad, ya que tenemos un fluido (el agua) dentro de otro (el aire). El efecto Coanda propiamente dicho se daría al meter la cuchara completamente en la corriente de un río, por ejemplo. Sin embargo, he escogido esta imagen porque creo que transmite mucho mejor esa idea de «pegarse a un sólido».

Diario Malaspina: días 17-19

Estos han sido días intensos. El 31 despedimos el año y a una botella Niskin que decidió emanciparse de la roseta para conocer el fondo del Atlántico. También dieron problemas la Multinet, los bongos (unas redes sobre una estructura circular que se lanzan por parejas), Luana (nuestra científica brasileña) se torció un tobillo y al jefe se le rompió una uña. Sólo una pequeña parte de estos “accidentes” se debieron a las corrientes ecuatoriales que ejercieron demasiada presión sobre las redes y dificultaron casi todas las maniobras. En fin, un día accidentado como poco que, sin duda, augura un nuevo año libre de incidencias.

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Ser de agua es más barato

Anteayer el grupo de zooplancton detectó vida alienígena en la superficie del océano. Bueno, quizás no tan alienígena, pero cuando me enseñaron esos tentáculos azules, fue lo primero que pensé: por suerte, no tenía el teléfono de la NASA muy a mano. Lo que veis en la foto es una carabela portuguesa y a pesar su temible apariencia, crece en todas las aguas del mundo y no se alimenta de cerebros.

Con todo, tampoco es que sea un bicho muy recomendable. De hecho, se trata de una medusa bastante tóxica. Utiliza sus tentáculos como un mecanismo de defensa y depredación: con ellos atrapa desde pequeños filtradores microscópicos a peces (si la carabela es más grande que ellos). Sus efectos en humanos pueden variar según la sensibilidad de la víctima a la neurotoxina que libera: desde una irritante urticaria a la parálisis completa de todos los músculos debido a un shock anafiláctico.

Este caso extremo es lo que retrata la película 7 almas (aviso: spoiler). En ella, el protagonista muere de asfixia debido a una parálisis que le impide, siquiera, contraer el diafragma para respirar. Una muerte desagradable como poco. Por suerte, la carabela rara vez  produce efectos tan nocivos. Probablemente, la mala de la película en este caso sea algún tipo de cubomedusa, muy común en Australia y uno de los animales más peligrosos que se conocen.

No obstante, la carabela portuguesa se ha hecho famosa últimamente en Europa debido a su cada vez más frecuente aparición en nuestras playas. También suelen aparecer, con otras especies de medusas, obstruyendo plantas depuradores, redes y todo tipo de equipos acuáticos. De hecho, según cierta hipótesis (no demostrada todavía) sus poblaciones podrían estar aumentando debido al cambio global. Por un lado, es posible que la temperatura del agua favorezca su reproducción. Pero además, la sobrepesca está acabando con sus depredadores naturales. Ciertos estudios, quizás más catastrofistas que rigurosos, afirman que llegado el momento todo en el mar será medusa. Desde luego, suena exagerado, pero a lo mejor Pescanova debería ir pensando en pasarse al mercado de la gelatina. ¿Os imagináis cenando carabela empanada?

Todo ello ha propiciado cada vez hay más estudios centrados en estos animales. Hace poco un premio Nobel reciente fue concedido a Osamu Shimomura, quien realizó numerosos trabajos con medusas bioluminiscentes. En cambio, nuestro “medusólogo” de a bordo, Axayacatl Molina, ha embarcado en el Hespérides para estudiar todo el plancton gelatinoso en general. Es un grupo que no solo comprende a las medusas (aunque sin duda son su integrante más popular) sino a todo animal, en general, que incorpore en su organismo más de un 95% de agua. Esta peculiar característica puede resultar bastante útil. Por un lado, ser de agua es muy barato: los animales gelatinosos pueden comer menos y necesitar menos energía para subsistir. Además, están inflados: hace falta ser más grande que ellos para comérselos, pero, gracias al agua, ocupan más. Por otra parte, tienen un camuflaje casi perfecto… Todo ello explica que esta estrategia evolutiva haya aparecido de forma independiente en varios puntos del árbol de la vida. De hecho, los animales que integran este grupo son taxonómicamente muy diferentes  (dentro del zooplancton gelatinoso hay cnidarios, cordados, moluscos…) y ecológicamente muy relevantes ya que se encuentran en diferentes  niveles de la red trófica (participan en intercambios a todos los niveles, desde la micro a la macroeconomía, por así decirlo).

Precisamente, uno de los objetivos del grupo de zooplancton de esta expedición es clasificar taxonómicamente (en función de su parentesco genético) las poblaciones animales que se van encontrando. Para ello, además de describir los organismos, realizarán análisis de ADN a posteriori, buscando cadenas de genes comunes. Además, será la primera vez que se tomen este tipo de muestras de forma sistemática a nivel global. Las medusas, en concreto, se suelen estudiar cerca de las costas, pero su incidencia en altamar es más bien desconocida. Gracias a esta expedición podremos conocer cómo viven, qué parentesco guardan entre sí las diferentes poblaciones, en qué tipo de aguas se hayan más presentes, qué las favorece o perjudica…

Diario Malaspina: días 15-16

Gracias a la feliz rehabilitación de la roseta (y pese a las bromas que podamos gastaros), por fin se ha establecido una rutina estable y predecible en el barco. Son grandes noticias: significa que todo el mundo tiene por fin trabajo, cada cual puede hacer lo que había venido a hacer. Pero también significa que el tiempo se va volviendo poco a poco más estanco: aquí no hay pausas, días de descanso, ni hitos temporales. Los domingos se estrenan a las 5 de la madrugada, exactamente igual que cualquier miércoles.

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Diario Malaspina: días 12-14

En el Hespérides pueden viajar un total de 97 personas. Confiando en la estadística y suponiendo que la tasa de natalidad sea homogénea a lo largo del año, podemos estimar que en un mes se celebran a bordo un total de 8 cumpleaños, aproximadamente: uno cada 4 días. Por eso, precisamente, no se pueden “celebrar”: no con confeti y piñata, al menos y tampoco de forma “exclusiva”.

Sin embargo, sí se prevé que haya tartas heladas a bordo, para que los que completan su vuelta alrededor del sol puedan disfrutar de una merienda especial, por lo menos. Además, se agrupan todos los cumpleaños del mes, por categorías, en torno a una sola fecha (o dos, como mucho).

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