Una frontera es una línea imaginaria que suele servir para separar realidades más difusas. Cualquiera que haya viajado a otro país por carretera, sabe que el paisaje no cambia repentinamente nada más llegar a la dichosa raya. Al contrario de lo que dicen los mapas, el suelo no tiene distinto color en Francia o en Portugal.
En el caso de los océanos el “difuminado” de esta raya es especialmente pronunciado porque, como dicen por ahí “no se le pueden poner diques al mar”. Eso explica que, estando en plano Océano Ártico, los científicos de ATP se esfuercen tanto en esquivar el agua atlántica (inútil para realizar ciertos experimentos) y que nos hayamos tenido que acercar hasta el mismísimo casquete polar para muestrearla sin problemas. No todos los que habitan en Madrid son madrileños, ni todo el agua que hay a 79 º N es ártica. Pero entonces, ¿cómo se puede conocer la procedencia del agua? ¿Pidiéndole el pasaporte?
Categoría: Ciencia
Artículos de divulgación científica.
Diario del Ártico: día 4
Anoche, a plena luz del sol Ártico y después de después de despedirnos de los osos polares (otro tipo de mamífero marino, por cierto), pudimos ver una ballena en el horizonte. El enorme animal se encontraba bastante lejos, pese a lo cual se podía ver claramente salir de la superficie de cuando en cuando, casi a la altura del horizonte, un chorro de agua en vertical resultado de su respiración.
Christian Wexels Riser, un compañero noruego de la Universidad de Tromso nos ha explicado que se trataba probablemente de una ballena de aleta (Balaenoptera physalus o fin whale), el segundo animal más grande del planeta después de la famosa ballena azul. Al parecer, las hembras de este tipo de ballena barbada pueden llegar a medir 27 metros ¡y a pesar 130 toneladas! El ejemplar que vimos debía acercarse a esas medidas, deducimos, por la distancia a la que fue avistado.
Diario del Ártico: día 3
Esta mañana hemos hecho una larga parada frente al fiordo de Hornsund. Aunque debido al estado de la mar no hemos podido bajar del barco, nos han contado que allí habita una de las mayores colonias de “little aucks” o mérgulos atlánticos (Alle Alle), con 50.000 parejas de especímenes capaces de procrear. Esta colonia es uno de los motivos de estudio de la estación polaca que allí se encuentra (Polish Polar Station Hornsund), dos de cuyos científicos nos han acompañado durante estos dos días de viaje. Allí se investiga sobre sus patrones de migración (hasta el este de Groenlandia), el crecimiento de sus poblaciones y cómo podría afectarles los cambios que acontecerán en el Ártico: entre otras cosas, su alimentación se basa en una pequeño copépodo llamado Calanus Glacialis que podría desaparecer debido al cambio climático, poniendo de paso en peligro la supervivencia de esta peculiar ave.
Diario del Ártico: día 2
En la película Inteligencia Artifical, un niño-robot queda congelado en el tiempo bajo el Mar de Manhatan, mirando esperanzado la siempre sonriente cara de una figura del Hada Azul. La ciudad de Pyramiden recuerda poderosamente ese mismo escenario, sólo que la estatua adorada, el ideal que sustenta toda esta construcción paralizada por el hielo, no es precisamente un hada sino un busto de Lenin elevado sobre una peana de 3 metros de altura. “Adelante camaradas”, parece afirmar con la mirada.
Esta mañana, tras realizar las primeras maniobras con la roseta en Istfjorden, los participantes de Arctic Tipping Points hemos bajado al hielo para visitar esta ciudad fantasma. Cuando uno se adentra entre las calles de Pyramiden tiene la sensación de encontrarse ante una historia inconclusa, ante una promesa en construcción. ¿Y qué promesa podría ser esa?: probablemente el ideal comunista, una ciudad ordenada, racional, con sus espacios para el trabajo, la vivienda y el ocio, capaz de cubrir las necesidades de sus ciudadanos a cambio de su trabajo diario.
Diario del Ártico: día 1
Si algún día os interesa visitar el desierto blanco, probablemente os resulte más fácil viajar hacia el Norte que hacia a la Antártida y, probablemente, vuestro destino más accesible (siendo aun así, uno de los más septentrionales) sean las Islas Svalbard. Este peculiar archipiélago está abierto al turismo desde los años 90, lo cual explica la carestía de sus hoteles y que existan vuelos comerciales (un par al día) que conectan Longyearbyen, el principal asentamiento de las islas (algo parecido a una “capital”) con la Noruega continental.
Esto no significa que sea fácil llegar hasta aquí: los miembros españoles de la expedición ATP hemos pisado, entre ayer y hoy, un total de 5 aeropuertos como mínimo (algunos, incluso 6): Granada, Madrid, Zurich, Oslo, Tromso y, por fin, Longyearbyen. Y lo más difícil no es llegar a tiempo, pasaporte en boca, a cada nuevo embarque, sino conseguir que la maleta facturada alcance también tu destino. Quizás por eso, por conseguir recuperar las maletas, o por el cansancio acumulado, el aterrizaje en Svalbard ha sido eufórico: desde el cielo, la isla de Spitsbergen (la mayor del archipiélago) parecía un enorme helado de straciatella sobre un mar azul oscuro planchado, sin una sola ola.