Ya hemos vuelto de Bilbao y debo decir que ¡ha sido una experiencia inmejorable! Tanto por las charlas y la organización del evento como por la masiva afluencia de público. Finalmente, la audiencia rebosó el auditorio del Bizkaia Aretoa, con un aforo para más de 450 personas. Pero, como siempre en estos casos, lo mejor vino después, cañita en mano, con la ola de desvirtualizaciones. En estas jornadas hemos tenido ocasión de conocer a una lista increíble de Amazers que me resultaría difícil enumerar. Y casi mejor ni lo intento, porque seguro que me dejaría alguno que después lamentaría no haber incluido.
Quizás nada resuma tan bien estas jornadas y este año de colaboración con Amazings como el vídeo que Kurioso, tras días de intenso trabajo en Bilbao, tuvo la generosidad de regalarnos. Aquí os lo dejo, para que lo disfrutéis:
Seguro que la mayoría ya lo habéis oído, pero también aquí lo recordamos… por si aún queda algún despistado debajo de una piedra, o por si alguien gasta memoria de pez y a estas alturas decide hacer planes alternativos para el próximo fin de semana. Que ni se le ocurra. Este viernes hay que colapsar Renfe, Alsa, Ryanair y todos los hoteles de Bilbao: se celebra el evento Amazings Bilbao 2011.
Poco habrá que no hayáis leído ya sobre este evento. Entre los días 23 y 24 podréis asistir a las charlas de 30 de los mejores divulgadores científicos del momento. Cada una durará 10 minutos (estrictos, según recuerdan a los ponentes una y otra vez, razonablemente temerosos, los organizadores) por lo que promete ser un evento ágil, ameno y diferente. Gracias a la Cátedra de Cultura Científica, contamos además con las incomparables instalaciones delNuevo Paraninfo de la Universidad del País Vasco, un edificio casi tan bonito como el Guggenheim y situado justo al lado.
Pero, insisto, probablemente todo esto ya lo sabíais, así que yo he venido aquí a hablar de mi libro. O más bien del «nuestro», ya que tanto Iñaki como tenemos una pequeña participación durante estas jornadas. Iñaki empaca su puntero láser para dar una ponencia a cuatro manos y dos bocas junto al doctor Julián Palacios, sobre los efectos primarios, secundarios y terciarios de las ondas electromagnéticas sobre la salud: Los móviles matan… cuando llega la factura.
Yo, por mi parte, llevo ya una semana acampada en Luminosos Arga para asistir al proceso de producción de las fotografías que colgaré en la sala Axular del Paraninfo. Los colores del Ártico se inaugura, como las jornadas, el día 23 de septiembre, pero podrá visitarse durante una semana entera, hasta el día 29.
Os recordamos también que aún estáis a tiempo de adquirir el primer número de la nueva revista de Amazings, donde diez colaboradores escriben largo y tendido sobre los diez temas de la ciencia que siempre quisiste conocer. La compra puede realizarse mediante Paypal o tarjeta de cŕedito en la platafórma Lánzanos, donde ya se ha alcanzado el mínimo necesario para que salga adelante este número. La donación mínima es de 9 €, lo que incluye un ejemplar de la revista más gastos de envío.
La interrupción del dolor ha sido una búsqueda constante de la medicina desde tiempos ancestrales y uno de los descubrimientos que han permitido su espectacular desarrollo a partir del siglo XIX. Sin embargo, fue precisa una larga evolución hasta disponer de una anestesia segura y controlable.
Ya en la antigüedad se intentaron utilizar distintos métodos para poder intervenir a los pacientes sin dolor (o, más bien, con «menos» dolor). Desde la costumbre de comprimir la carótida del paciente para dejarlo en un estado comatoso (año 3000 a.C.), a los diversos narcóticos vegetales, como la adormidera, la mandrágora y el hachís; usados por la civilización mesopotámia y, siglos más tarde, en la Europa de la Edad Media, el opio y el alcohol. Sin embargo, no fue hasta el siglo XIX que se empezó a experimentar sistemáticamente con distintos gases y productos sintéticos más eficientes para generar la tan deseada anestesia.
Uno de los primeros intentos se llevo a cabo con óxido nitroso, más conocido como gas de la risa y utilizado en un primer momento como droga o mero entretenimiento. Horacio Wells fue quien descubrió sus efectos anestésicos en 1844, para aplicarlos con éxito inmediatamente a su propio dolor de muelas. No quiso patentar su descubrimiento alegando que el alivio del dolor debía ser tan gratuito como el aire. No obstante, los efectos no siempre predecibles de este gas y sus propiedades inflamables forzaron el fin de su utilización.
El gran éxito llegaría con el cloroformo a partir de la década de 1840. Cuentan que la primera mujer que pudo disfrutar de un parto sin dolor gracias a este gas quedó tan agradecida que decidió llamar a su hija «Anestesia». Sin embargo, este potente producto no estaba exento de riesgos. El británico James Simpson ha pasado a la historia de la medicina como el primer doctor en utilizar cloroformo en una cirugía. Pero su método, basado únicamente en el producto, sin un control de dosis o de tiempos, provocaba que muchos de sus pacientes no volviesen a abrir los ojos tras la anestesia. Habría que esperar a que John Snow, un médico mucho más metódico y meticuloso, idease un método seguro para aplicarla.
John Snow fue un médico inglés de origen humilde. Hoy se lo conoce, sobre todo, como el padre de la epidemiología moderna. Precisamente gracias a este talento metódico y ordenado, pudo descubrir, a mediados del siglo XIX, el modo en que se contagiaba el cólera a través del agua, debido al deficiente sistema de alcantarillado del Londres de aquella época. Sus investigaciones implicaron un mapa y un concienciudo estudio de campo, pero para conocer los detalles os recomiendo leer el relato que hace Steven Johnson en El Mapa Fantasma. En este mismo libro, Johnson cuenta cómo John Snow pudo estudiar la dosificación del cloroformo a falta de otro material que no fuese su propia paciencia y un cuaderno de apuntes: al parecer, el médico inhalaba las diferentes dosis del gas, para caer inconsciente y cronometrar el tiempo que tardaba en volver a despertar. Tras semejante investigación, llegó a alcanzar tal grado de maestría que la propia reina Victoria le encargó que la asistiese durante su segundo parto. Sin embargo, no deja de parecerme cómica la imagen del pobre médico, cronómetro en mano, cayendo en redondo, dosis tras dosis, sobre la mesa de su escritorio. Probablemente, sería algo parecido a esto:
Actualización 13/04/02: Al parecer, también hoy en día hay científicos que se dedican a experimentar consigo mismos… y no precisamente en busca de placer.
(Esta anotación se publica simultáneamente en Amazings.es)
El 71 % de nuestro planeta azul está cubierto por agua salada. Se trata de un manto de fondo irregular que alcanza, en su mayor parte, más de 4000 m de profundidad. Esto significa que el océano abisal que se extiende a partir de este punto (su nombre es de origen griego y significa «sin fondo», como «abismo») es, sin competencia, el mayor ecosistema de la tierra. Sin embargo, es también uno de los más desconocidos.
Según contaban los oceanógrafos de la Expedición Malaspina, sabemos menos sobre el fondo del océano que sobre la superficie de la Luna. Y no es de extrañar, ya que llegar hasta allí resulta casi tan difícil y requiere las mismas inversiones astronómicas (o abisales, en este caso) que la carrera espacial: solo que, en este caso, los ingenieros han de enfrentarse a las tremendas presiones (de 100 atmósferas por cada mil metros), las bajas temperaturas y la total oscuridad en lugar del vacío espacial o la ausencia de gravedad. Pocos países tienen la capacidad tecnológica para llevar a cabo semejante empresa. Tanto es así que, hasta la fecha, sólo un sumergible tripulado ha sido capaz de alcanzar el fondo del abismo Challenger, por ejemplo: 9 años antes de que el hombre pisara la Luna, Jacques Piccard y Don Walsh a bordo del batiscafo suizo Trieste alcanzaron los 10.911 m de profundidad en la fosa de las Marianas, un récord todavía no superado. Quizás no lograron la popularidad de Armstrong y Aldrin, pero eso es sólo porque aún no se han escrito teorías conspiranoicas sobre su hazaña (crucemos los dedos).
Con todo, aunque no podamos viajar hasta allí, el fondo del océano sí tiene una ventaja sobre la superficie de nuestro satélite y es que, si bien es imposible lanzar una cometa para que nos traiga rocas de la Luna, sí existen aparatos científicos como la roseta que, pendientes de un cable, son capaces de sumergirse en el océano abisal y traernos muestras de ese mundo desconocido. En ello se basa la exploración del océano profundo llevada a cabo por los científicos de la Expedición Malaspina: gracias a sus redes, botellas y sensores, han sido capaces de rescatar organismos medio alienígenas, agua cargada de microorganismos desconocidos, pequeñas pistas e instantáneas de un mundo tan distinto del nuestro, sí, como la superficie de la Luna.
¿Y qué tiene que ver todo esto con los dedales? Pues bien: mientras los biólogos y ambientólogos del Hespérides tenían bastante que indagar en sus muestras de agua, Elena Tel, una de los físicos de la expedición, ideó una manera de ejemplificar y explicar a sus compañeros las grandes presiones que soportan los seres abisales: para ello, compró un montón de vasos de poliestireno expandido, (los que se suelen utilizar para beber café) y los metió en una red atada a la roseta. El poliestireno es ese material plástico con burbujitas blancas que se utiliza en todo tipo de embalajes (también conocido como porexpán o corcho blanco). Debe su ligereza al gas que forma esas burbujas. Muchos habréis visto cómo este material parece desaparecer cuando se lo disuelve en acetona: el gas que contiene se libera revelando el verdadero volumen del porexpán desinflado. Pues bien, lo mismo sucede cuando se lo somete a altas presiones como las que soporta la roseta en el océano a más de 4000 m de profundidad: las burbujas se desinflan y cada vaso reduce paulatinamente su tamaño hasta convertirse en apenas un dedal. Si además viaja a bordo un artista como Luis Resines (el autor del cómic de la Expedición Malaspina), el experimento dará lugar a resultados tan variopintos como los de las imágenes. Un bonito recuerdo de uno de los pocos rincones de este planeta que aún quedan por explorar.
Resulta bastante corriente entre los religiosos el hecho de que, cuando se los enfrenta a un ateo, acaben pidiendo a este que demuestre la inexistencia de dios. La réplica preferida por los ateos —entre los que me incluyo— es, por supuesto, que la carga de la prueba recae sobre el que realiza afirmación tan extraordinaria —esto es, que dios existe—, dado que no es posible demostrar la inexistencia de algo.
Yo pensaba que esto era algo muy básico que todo el mundo podía entender. Pero, en mi última discusión con un agnóstico, me he dado cuenta de que no: hay quien no lo tiene tan claro y trata de aportar pruebas de demostraciones de inexistencias. En el caso concreto del enlace anterior, tienen que ver con las matemáticas y con Pasteur. Pero ¿realmente existen tales casos? Vamos por partes.
En matemáticas, es cierto que existen multitud de teoremas que proponen la no existencia de algo (p. ej.: no existen tres números con tales características que cumplan tal otra) y están perfectamente probados. Pero ¿cómo funcionan estas demostraciones en matemáticas? Dado que las demostraciones en negativo son bastante comunes, por desgracia, lo primero que se aprende son las reducciones al absurdo. Esto es, un atajo: asumimos la hipótesis afirmativa —la existencia— y tratamos de demostrarla hasta que llegamos a una imposibilidad o un absurdo. Por tanto, no demostramos la inexistencia en sí, sino que damos un rodeo y vemos que tal camino no tiene salida; por lo tanto, se deduce que el otro camino es el correcto.
El otro caso mencionado se refiere a Pasteur y la generación espontánea. La teoría de la generación espontánea (o autogénesis) era una creencia arraigada desde los tiempos de Aristóteles que sostenía que puede surgir vida compleja a partir de elementos inertes. Existen diversos experimentos que fueron destinados a desterrar esta hipótesis, y el definitivo fue el de Louis Pasteur. Pero ¿de verdad Pasteur probó la inexistencia de la generación espontánea? Respuesta rápida: no. Respuesta elaborada: sigan leyendo.
El experimento de Pasteur consistió (simplificando) en dos matraces con la misma cantidad de caldo de carne hervido para eliminar los posibles microorganismos. En ninguno de los dos matraces había signos de vida, así que cortó el cuello de uno de ellos. El contenido del matraz abierto no tardó en descomponerse, mientras que el del matraz cerrado permaneció sin vida. Con esto, Pasteur demostró que los microbios se originaban a partir de otros microorganismos, y también demostró que en su matraz cerrado con su caldo de carne esterilizado no se originaba nada. Pero realmente no demostró la inexistencia de la autogénesis. Sin embargo, esas pruebas, unidas a la ausencia de pruebas a favor de dicha hipótesis, unidas a lo descabellado de la afirmación, nos es suficiente para desechar la autogénesis como válida.
Así de simple. Lo hace la ciencia constantemente y lo hacemos en nuestra vida diaria por necesidad. Por ello, yo soy tan ateo de cosas como la autogénesis, Caperucita, los dragones o cualquier cosa que puedan imaginar en este momento como lo soy de dios. Lo gracioso es que también piensan así de tales cosas los declarados agnósticos. Pero de dios no. La idea de dios, por alguna extraña razón, sigue gozando de cierto estatus superior.