Cómo calienta un microondas o la resonancia que nunca fue

(Esta anotación se publica simultáneamente en Amazings.es)

Siempre me sorprendo de lo extendida y aceptada que está la errónea explicación que le atribuye al fenómeno de la resonancia el mérito de ser el principio físico de funcionamiento de los hornos microondas, ya sea en la sabiduría popular como entre los propios físicos. Dicha explicación sostiene que la frecuencia de trabajo de estos aparatos (2,45 GHz) está especialmente escogida por su proximidad con la supuesta frecuencia natural del agua. Debido a esto, las moléculas de agua entrarían en resonancia absorbiendo mucha más energía de la que obtendrían a otras frecuencias. Puede que precisamente aquí se halle uno de los orígenes del miedo a muchas de las tecnologías inalámbricas que utilizan bandas de frecuencias coincidentes o adyacentes (véase WiFi, Bluetooth, móviles, etc.). Nada más lejos de la realidad.

Lo cierto es que la elección de la frecuencia de trabajo no es casual, así en el caso de los hornos microondas como en dichas tecnologías de comunicaciones. Sin embargo, la razón subyacente no tiene nada que ver con la excitabilidad del agua; es más simple. Como sabréis, el reparto del espectro electromagnético está regulado y, en general, se requiere el pago de licencias para su aprovechamiento. No obstante, existen ciertas bandas de frecuencias llamadas ISM (Industrial, Scientific and Medical) que no requieren licencia: cualquiera puede emitir en ellas respetando unos límites. Esto ha hecho que se encuentren saturadas de aplicaciones que se molestan mutuamente.

La elección de frecuencias ISM responde, por tanto, a su gratuidad. La utilización en concreto de la banda de 2,4 GHz, y no otra, en comunicaciones responde a un compromiso: por un lado, en frecuencias más altas se dispone de mayor ancho de banda (caben más datos, a más velocidad) y las antenas son más pequeñas; por otro lado, a medida que aumenta la frecuencia, se encarece el equipamiento para generarla. En el caso de los hornos microondas, el compromiso es similar: a mayor frecuencia, más energética es la radiación y más calentará, pero tampoco queremos que los electrodomésticos se disparen de precio.

Fig.1: Ejemplo de vibración de una molécula de agua

El funcionamiento de un horno microondas se basa en la vibración de las moléculas de agua al ser excitadas por un campo electromagnético debido a que se trata de una molécula polar. Cualquier onda electromagnética aporta energía al medio por el que se propaga, pero, en el caso del agua, se acentúa este aporte a causa de esta vibración. No obstante, hay frecuencias mucho más adecuadas para perseguir ese propósito. Esto se aprecia muy bien en los diagramas de absorción en función de la frecuencia y el medio: es decir, la energía que pierde la radiación (y que gana el medio, que se calienta) a diferentes frecuencias.

En la figura 2 se aprecian sendas curvas para el oxígeno (línea continua) y el agua (línea discontinua). Se ve claramente que la frecuencia de 2,4 GHz no es nada especial en cuanto al calentamiento del agua se refiere (y hay que tener en cuenta que esta curva se corresponde con el vapor de agua: para agua líquida, los valores de absorción son menores). Sí que hay picos de absorción (frecuencias de resonancia, podríamos llamar), pero son tan lejanos que se sitúan por encima de los 100 GHz.

Fig. 2: Curvas de absorción para el vapor de agua y el oxígeno

La capacidad de calentamiento se sustenta, por tanto, en la potencia. Potencia, potencia y potencia dentro de una cavidad que hace rebotar las ondas una y otra vez. Así, cualquier frecuencia es capaz de cocinar alimentos. De hecho, el primer microondas utilizaba radiofrecuencia en el rango de los 10-20 MHz.

Agujas con satélites en gravedad cero

¿Una aguja de calcetar en la ISS? Como explica el astronauta Don Pettit en este curioso vídeo, no tiene la menor intención de ponerse a calcetar. Sin embargo, la ha llevado consigo a la Estación Espacial Interncional para explicarnos uno de los curiosos fenómenos que tienen lugar en ausencia de gravedad.

En el vídeo, una serie de gotas orbitan alrededor de una aguja de calcetar. Es el campo eléctrico generado por la carga estática de la aguja el que atrae en este caso al agua. Petitt muestra los efectos con distintos tipos y materiales de aguja… Un experimento realmente sencillo, pero con un resultado espectacular.

Gracias a Science off Sphere, una iniciativa de la NASA en colaboración con la American Physical Society, podréis seguir esta y otras novedades presentadas por el astronauta. En el canal de Youtube de la NASA, las tenéis también subtituladas. Como primer capítulo tiene una pinta impresionante.

(vía haha.nu)

«El mal del cerebro», el documental (II)

Parece que había problemas con la visualización del documental en algunos navegadores, así que tal vez alguno de vosotros haya intentado verlos y no haya podido. En cualquier caso, acaban de liberarlos en el canal de Youtube de lainformacion.com, y aquí los tenéis disponibles.

«El mal del cerebro», el documental

En palabras de @aberron (originalmente en Amazings.es):

Después de todo un año de trabajo en lainformacion.com, llega el momento de presentar a mi criatura […] el documental “El mal del cerebro”, un especial en el que ahondamos en las últimas investigaciones y en las alternativas para sanar o “hackear” nuestro encéfalo en el futuro.

Consta de dos partes de 18 minutos. El jueves pasado se estrenó la primera parte, titulada «Cerebros reparados» (por aquí no llegamos a avisar porque estábamos ocupados en la inauguración de la exposición de fotos del Ártico de Almudena en el Pamplonetario: tenéis hasta marzo para visitarla —guiño guiño—). Hoy jueves 26 de enero a las 21 h se estrena la segunda parte de este estupendo documental: «En busca de la memoria». Podéis pasaros por la fantástica web oficial que se han currado para la ocasión para ver cualquiera de las dos partes.

La ciencia que se hace con cero plazas

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España padece una crisis y, en su infinita sabiduría, aquellos que no supieron preverla, evitarla o prevenirla se disponen a mutilarla poco a poco. Recortes en los servicios sociales, en las clases medias y, como no, en ciencia porque ya se sabe: cuando uno padece desnutrición, lo más inteligente es arrancarse el estómago.

La ciencia que se hace con cero plazas es la crisis del mañana. Es la hipoteca pagada con nuevas deudas. Es la garantía de que pronto volveremos a encontrarnos en esta misma situación. Viviendo de lo que inventaron otros y vendiéndoles casitas en Mallorca. Sin capacidad alguna para generar riqueza duradera.

Pero la ciencia que se hace con cero plazas es también la ciencia del exilio, la de aquellos que tienen que elegir entre su vida y su desarrollo profesional, la de los que son demasiado brillantes para tener hueco en este país. Y es que, a estas alturas, pocos científicos quedan en España lo bastante ingenuos (o afortunados) como para ignorar que su futuro pasa por hacer las maletas y buscar suerte en otra parte. Cerebros fugados, los llaman. Yo suelo imaginar que son personas, incluso, y que no «se fugan»: más bien les echan.

Por tercer año consecutivo, la investigación en España sufre sus mutilaciones con presupuestos, como no, a la cola de los del resto de Europa. Como cuenta Lucas Sánchez, investigador y amigo del blog Sonicando:

Nos hemos quedado sin ministerio, con 600 millones menos de presupuesto y con una previsión de CERO plazas de investigador en oferta para el presente año en nuestro país. […] Ya no es dificilísimo conseguir una plaza de investigador en España; es imposible.

Lucas es también el autor, junto con Félix Gallego, del vídeo que encabeza esta entrada y con el que varios blogs de ciencia pretendemos denunciar la situación. Desde aquí os invito a verlo, comentarlo y compartirlo.  Quizás, si somos muchos, podamos hacer más ruido.